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13 de agosto de 2013

Anti-etiquetas.

Hubo un tiempo en que los escritores eran otra cosa. Heródo viajó miles de kilómetros y conoció múltiples culturas antes de componer sus Historias. Miguel de Cervantes vio mundo como soldado, y sólo concibió el Quijote cuando lo metieron preso y no tuvo más remedio que quedarse quieto. Joseph Conrad se involucró en tráfico de armas y conspiraciones políticas antes de sentarse a escribir Lord Jim. Quiero decir: hubo un tiempo en que los escritores asumían que precisamente porque la vida era interesante, intensa e impredecible, valía la pena escribir sobre ella. Así fuese solo para reinventarla con la imaginación.
Con el correr de los siglos los libros se volvieron objetos de prestigio. Entonces aparecieron hombres que codiciaban la fama de los escritores, pero no estaban dispuestos a cumplir con la condición de la aventura previa. Por desgracia, la difusión de esta idea, de lo que supone ser un escritor terminó derramándose sobre los lectores. Desde entonces existe el prejuicio de que aquel a quien le gusta leer se parece a ese tipo de gente, una criatura temerosa que prefiere encerrarse en su biblioteca a vivir. Y esto no es cierto. (No necesariamente quiero decir). Porque todavía existen infinidad de personas que no oponen la lectura a la vida, y por ende leen con las mismas ganas de descubrirlo todo y de probarlo todo que impulsaron a Heródoto, a Cervantes, a Conrad, por nombrar solo a algunos.

Así comienza un prólogo escrito por Marcelo Figueras. Sí, yo formo parte de ese 1 % de la población que se lee los prólogos, índices, introducciones y manuales de uso.

31 de julio de 2010

Yo leí éste libro: Venezuela.

Al principio no estaba segura de querer regalar alguno de mis libros, bueno, en realidad nunca quise regalar uno de mis libros, soy muy celosa con ellos y pasé horas y horas pensando en donde lo dejaría; porque no podía ser en cualquier sitio.
Me aterraba (aun me asusta un poquito) pensar que alguien podía botarlo, dañarlo o que simplemente nadie lo recogiera.

En fin, en estos días estaba arreglando mi cuarto, y encontré un par de libros viejos que tenía algún tiempo ya sin leer, uno es una recopilación de poemas de varios autores y el segundo es una lectura corta llamada Visita Guiada de Juan Andrés Pizzani. Pensé por un segundo que hacer con ellos, no quería volver a guardarlos y que se llenaran de polvo por falta de uso. Entonces recordé que hace algunos días había leído algo relacionado a “yo leí éste libro”, averigué que debía hacer exactamente y una vez que termine de imprimir las instrucciones decidí buscarles un lugar. 

Para el primero escogí la Universidad José Antonio Páez, de San Diego (Carabobo), me pareció un buen sitio, allí debe haber gente que le guste leer, digo yo. Lo dejé en un banco y me fuí inmediatamente, no quise esperar a ver si era recogido o no.


El segundo libro, lo dejé (dejar suena como abandonar, pero no se me ocurre otra palabra) en la Universidad de Carabobo, y lo postre delicadamente con mis manitos llenas de ilusión debajo de un pupitre, ligando a que alguien lo leyera y siguiera la cadena.
No volví a saber mas nada de esos libros desde que les di la espalda, ojala estén en buenas manos.




Espero haberle contribuido a la humanidad, o algo así.
Acá les dejo el link del blog, a lo mejor les provoca contribuir. Hace tiempo que no lo actualizan, pero se que no han abandonado la iniciativa.